Mentiras.

No es un secreto que odio mentir, y que la mentira no sale de mi boca a menos que sea premeditada, lo que no me hace mala mentirosa, pero nunca lo soy espontáneamente por la inmensa aversión que me causa la falsedad. Pero sé de mentiras (y mentirle a él, con palabras cálidas de arrepentimiento no se siente como mentir, no porque sea verdad sino porque él no me interesa). Tal vez no tanto como los grandes artistas, porque el arte es intrínsecamente falso. Yo a él le diría: no creas en las letras de un escritor. No creas siquiera en las palabras de uno. Es tan ingenuo como creer en el llanto del actor que ha estudiado la no escrita «Fenomenología de las lágrimas» hasta el cansancio. Porque las palabras de los escritores no son reales, y si lo son, no son diferenciables de las falsas. El buen escritor escribe de amor sin estar enamorado, o escribe de odio sin jamás haberlo probado. (Es por eso que es tan fácil enamorarse de un artista: esa falsedad es mágica.) ¿Me creyó cuando le hablé? Es probable, él no sabe que el arte es engaño. El artista es un ser extraño del que no puedes confiarte nunca, no por su palabra, no por su mano. Sólo el beso del artista es sincero. Sólo a través del beso, el artista se muestra como es y no como quisiera ser. Sólo en su beso se encapsula su más grande debilidad: la realidad. Sólo un beso, el mismo que nunca tendrá.

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Carta para Avelina Lésper

A usted, que ha sabido hacer escuchar su voz, me dirijo con especial dedicación. Enemigos no le faltan, amigos tampoco. Pero verá, como es mi caso ha de haber más, que uno de mis profesores del seminario de la facultad se ha quejado de su persona. Brillante hombre aquél, tan peculiar por su manera de hablar como por su manera de ser, y me refiero a su cuerpo físico. ¿Cómo no llamaría la atención un hombrecillo como ese? Pero por la manera que ha hablado de usted, hasta la impresión me ha dado de que la conoce en persona. «Avelina Lésper, ese personaje terrible y despreciable que espero que ustedes no conozcan jamás», dijo en medio de una clase. Curiosamente creo que nadie excepto yo misma la conozco, así que el comentario no entró siquiera en oídos de mis compañeros. Pero yo ahora le reclamo: ¡Qué monstruo tan horrible debe ser como para que este profesor, autonombrado artista, le hable así! Usted debe ser una persona despreciable verdaderamente, porque este hombrecito que pinta pero no sabe dibujar le llama de esa manera. ¿Cómo se atreve a respirar el mismo aire de personas que, como mi profesor, pasan por el mundo alardeando de habilidades que no poseen pero que los que los rodean son lo suficientemente ignorantes como para no percatarse de sus mentiras? ¿Qué hará después?, echarle en cara que miente cuando dice que sabe alemán pero no sabe escribir Athenäum apropiadamente, y hasta le pone diéresis a la “e”, creyendo que nadie en el salón sabe alemán como para corregirlo cuando pronuncia incorrectamente Tannhäuser, ¿eso también se lo destruirá!  O acaso le restregará que no sabe diferenciar entre “ponzoña” y “zampoña”. O que se regocija en Schönberg pero que no reconoce a Vivaldi cuando lo oye, ¿eso también es pecado? Si él mismo ha admitido en frente de todos «no sé dibujar, y eso que soy pintor» mientras nos lo demuestra con plumón en mano sobre el pizarrón, ¿tiene usted derecho a darle mal sabor de boca al pronunciar su nombre? Él, que honradamente ha vendido sus obras en galerías. Él, que pinta lo que nace de lo más profundo de su ser, que es abstracto porque nadie puede decir qué forma tiene una voluntad, mucho menos una tan exigua. ¿Con qué derecho le arruina la consciencia a este hombre? ¿Cómo duerme usted por la noche? Qué le importa a usted que este hombrecito no diferencie entre la porquería y lo bello, ¿su intento es mejor? Porque quién puede decir qué es bello. ¿Winckelmann? No me haga reír con sus pensamientos retrogradas.

¿Qué más quiere usted de él? ¿Sus manos para que no pueda volver a pintar o su boca para que no pueda volver a mentir? ¿No le basta con haberlo destruido internamente? Desalmada mujer.

¡Qué el Colgio de Historia de la UNAM se entere completamente que usted es un monstruo terrible que destruye el corazón de los autonombrados artistas! Avelina Lésper, la más terrible.