Alter ego

Enterada yo estuve desde ayer de la tarea que el más goy de los goyim había dejado el martes, en que no permitió que entrara a su clase por haber llegado tarde. ¡Imaginar a mi propio alter ego!, vaya tarea más difícil. ¿Para qué imaginarlo si ya lo tengo a él? Pero vamos, hay que escribir sobre eso.

Mi alter ego sobradamente podría llamarse O. C., pero ya que eso arruina una parte de mí, mejor que se llame de cualquier otra manera; en realidad no importa. ¡Qué se llame como quiera!, o que no tenga nombre alguno, pues contrario a mí, le vendría bien no saber quién es. Sinceramente yo lo conozco mejor que él mismo, aunque no me jacto de ello. Sé qué hace para tener dinero: es jazzista. Como contrario mío, hasta ha de ser el mejor jazzista que ha nacido. Qué sé yo lo que los jazzistas hacen cuando no están drogados, pero he de decir que él, o ella –o ambos–, también dedica su tiempo a admirar a Andy Warhol y Gertrude Stein, que para él son una especie de divinidades. ¿Será que le inspiran a la transexualidad? Vaya que lo creo, me parece que este alter ego nació hombre pero ahora luce un escote más provocador que el que yo podré tener en la vida, pero nunca mejor porque lo que yo tengo me pertenece y ha germinado gracias al tiempo y no injertado en la esterilidad por un cuchillo. Sí, es un transexual-pansexual, porque no hay persona más perdida en sí misma, y tan grande es ese no-saber-quién-es que ahora no es nada. Como no sabe quién es ni lo que quiere –aunque afirme que así es–, ha tenido las relaciones más destructivas y pasado por las etapas más oscuras, ¡pero se las aplauden! Es más, también dice sufrir esquizofrenia y el mundo se postra ante sus pies por esa razón.

Es tan contraria a mí esta sombra que no me mira jamás, avergonzada de lo que soy. Si canto, me manda callar y se pone a tocar su saxofón. Si pinto, se pone a lanzar óleo al azar sobre mis tablas y lienzos gritando «¡Esto es arte!». Si le hablo de política, me ataca lanzándome libros de Antonio Gramsci o grita mientras se tapa los oídos «Felix Weil, Felix Weil». Habla de historia con muchos como si se colgara en su pared un título doctoral y a mí me dice que la historia le causa nauseas porque está escrita con sangre; lo mismo que repudia al Himno Nacional por considerarlo incitación bélica diciendo que debería ser modificado, y cuando me burlo de él recitando a Unamuno me llama «cerda fascista» –cuando no me insulta llamándome franquista, porque sabe cómo me hace rabiar aquél–, a lo que prosigue una disputa a golpes. En realidad, le gusta llamarme fascista aunque no sepa bien qué es el fascismo. Yo, por mi parte, me quedo rumiando mi enojo en silencio para no darle la satisfacción de que me vea estallando en cólera y maldiciendo, ya ni contra él, sino contra Mussolini, pero él no entendería por qué.

Como lo que es, lleva el símbolo de la muerte colgado siempre al cuello, ese símbolo que todos relacionan con paz pero que no saben qué es en realidad. Si no lo llevara, daría igual que luciera las seis puntas sobre el pecho.

Tan contrario a mí es, que su otro talento es el cine. Qué sé yo lo que la gente le ve al cine, pero cuando se pone pesado lo molesto diciendo «Karl Ritter», o si me molesta más, «Leni Riefensthal», sólo para que se aleje de mi vista y se lleve sus comentarios cinematográficos con él. Insiste que no hay mejor manera de pasar tardes frías que en compañía de un amante y una buena película, yo respondo que no ganará nunca una película contra una linda ópera.

Si digo Correggio, él chilla Matisse. Si Giorgione, él Ernst. Si Charles Le Brun, él Franz Marc. Si Ensor, entonces por fin coincidimos. Si le reto a dibujar, él se finge enfermo. Si yo digo Porpora, él bufa Bix Beiderbecke. Si Hasse, él Duke Ellington. Si Caldara, él Johnny Hodges. Si avanzo en el tiempo y digo Zeppelin, se acaba la disputa. Si le retara a composición, ninguno ganaría. Si le retara a apreciación, ambos terminaríamos asqueados.

Va por ahí pavoneando su extraña presencia adornada de los nombres de la vanidad más cara escritos en etiquetas –nombres que se convierten en el suyo porque él no tiene uno–, creyéndose Donatella Versace o qué sé yo quién o qué. Taconea fuertemente cuando pide respeto y ataca con garras cuando le contradices. Como Warhol, basta con ser en lo que se ha convertido, un hibrido humanoide, para merecer todo.

Sí, ese es mi alter ego: un sin nombre, sin sentido, sin esencia.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s