Mentiras.

No es un secreto que odio mentir, y que la mentira no sale de mi boca a menos que sea premeditada, lo que no me hace mala mentirosa, pero nunca lo soy espontáneamente por la inmensa aversión que me causa la falsedad. Pero sé de mentiras (y mentirle a él, con palabras cálidas de arrepentimiento no se siente como mentir, no porque sea verdad sino porque él no me interesa). Tal vez no tanto como los grandes artistas, porque el arte es intrínsecamente falso. Yo a él le diría: no creas en las letras de un escritor. No creas siquiera en las palabras de uno. Es tan ingenuo como creer en el llanto del actor que ha estudiado la no escrita «Fenomenología de las lágrimas» hasta el cansancio. Porque las palabras de los escritores no son reales, y si lo son, no son diferenciables de las falsas. El buen escritor escribe de amor sin estar enamorado, o escribe de odio sin jamás haberlo probado. (Es por eso que es tan fácil enamorarse de un artista: esa falsedad es mágica.) ¿Me creyó cuando le hablé? Es probable, él no sabe que el arte es engaño. El artista es un ser extraño del que no puedes confiarte nunca, no por su palabra, no por su mano. Sólo el beso del artista es sincero. Sólo a través del beso, el artista se muestra como es y no como quisiera ser. Sólo en su beso se encapsula su más grande debilidad: la realidad. Sólo un beso, el mismo que nunca tendrá.

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