Aquél te dio entre sus líneas el importante mensaje, importante como él mismo, y decía desde el pasado «llega a ser quien eres», sin saber, amor mío, que eras el fin del mundo.

Mentiras.

No es un secreto que odio mentir, y que la mentira no sale de mi boca a menos que sea premeditada, lo que no me hace mala mentirosa, pero nunca lo soy espontáneamente por la inmensa aversión que me causa la falsedad. Pero sé de mentiras (y mentirle a él, con palabras cálidas de arrepentimiento no se siente como mentir, no porque sea verdad sino porque él no me interesa). Tal vez no tanto como los grandes artistas, porque el arte es intrínsecamente falso. Yo a él le diría: no creas en las letras de un escritor. No creas siquiera en las palabras de uno. Es tan ingenuo como creer en el llanto del actor que ha estudiado la no escrita «Fenomenología de las lágrimas» hasta el cansancio. Porque las palabras de los escritores no son reales, y si lo son, no son diferenciables de las falsas. El buen escritor escribe de amor sin estar enamorado, o escribe de odio sin jamás haberlo probado. (Es por eso que es tan fácil enamorarse de un artista: esa falsedad es mágica.) ¿Me creyó cuando le hablé? Es probable, él no sabe que el arte es engaño. El artista es un ser extraño del que no puedes confiarte nunca, no por su palabra, no por su mano. Sólo el beso del artista es sincero. Sólo a través del beso, el artista se muestra como es y no como quisiera ser. Sólo en su beso se encapsula su más grande debilidad: la realidad. Sólo un beso, el mismo que nunca tendrá.

Alter ego

Enterada yo estuve desde ayer de la tarea que el más goy de los goyim había dejado el martes, en que no permitió que entrara a su clase por haber llegado tarde. ¡Imaginar a mi propio alter ego!, vaya tarea más difícil. ¿Para qué imaginarlo si ya lo tengo a él? Pero vamos, hay que escribir sobre eso.

Mi alter ego sobradamente podría llamarse O. C., pero ya que eso arruina una parte de mí, mejor que se llame de cualquier otra manera; en realidad no importa. ¡Qué se llame como quiera!, o que no tenga nombre alguno, pues contrario a mí, le vendría bien no saber quién es. Sinceramente yo lo conozco mejor que él mismo, aunque no me jacto de ello. Sé qué hace para tener dinero: es jazzista. Como contrario mío, hasta ha de ser el mejor jazzista que ha nacido. Qué sé yo lo que los jazzistas hacen cuando no están drogados, pero he de decir que él, o ella –o ambos–, también dedica su tiempo a admirar a Andy Warhol y Gertrude Stein, que para él son una especie de divinidades. ¿Será que le inspiran a la transexualidad? Vaya que lo creo, me parece que este alter ego nació hombre pero ahora luce un escote más provocador que el que yo podré tener en la vida, pero nunca mejor porque lo que yo tengo me pertenece y ha germinado gracias al tiempo y no injertado en la esterilidad por un cuchillo. Sí, es un transexual-pansexual, porque no hay persona más perdida en sí misma, y tan grande es ese no-saber-quién-es que ahora no es nada. Como no sabe quién es ni lo que quiere –aunque afirme que así es–, ha tenido las relaciones más destructivas y pasado por las etapas más oscuras, ¡pero se las aplauden! Es más, también dice sufrir esquizofrenia y el mundo se postra ante sus pies por esa razón.

Es tan contraria a mí esta sombra que no me mira jamás, avergonzada de lo que soy. Si canto, me manda callar y se pone a tocar su saxofón. Si pinto, se pone a lanzar óleo al azar sobre mis tablas y lienzos gritando «¡Esto es arte!». Si le hablo de política, me ataca lanzándome libros de Antonio Gramsci o grita mientras se tapa los oídos «Felix Weil, Felix Weil». Habla de historia con muchos como si se colgara en su pared un título doctoral y a mí me dice que la historia le causa nauseas porque está escrita con sangre; lo mismo que repudia al Himno Nacional por considerarlo incitación bélica diciendo que debería ser modificado, y cuando me burlo de él recitando a Unamuno me llama «cerda fascista» –cuando no me insulta llamándome franquista, porque sabe cómo me hace rabiar aquél–, a lo que prosigue una disputa a golpes. En realidad, le gusta llamarme fascista aunque no sepa bien qué es el fascismo. Yo, por mi parte, me quedo rumiando mi enojo en silencio para no darle la satisfacción de que me vea estallando en cólera y maldiciendo, ya ni contra él, sino contra Mussolini, pero él no entendería por qué.

Como lo que es, lleva el símbolo de la muerte colgado siempre al cuello, ese símbolo que todos relacionan con paz pero que no saben qué es en realidad. Si no lo llevara, daría igual que luciera las seis puntas sobre el pecho.

Tan contrario a mí es, que su otro talento es el cine. Qué sé yo lo que la gente le ve al cine, pero cuando se pone pesado lo molesto diciendo «Karl Ritter», o si me molesta más, «Leni Riefensthal», sólo para que se aleje de mi vista y se lleve sus comentarios cinematográficos con él. Insiste que no hay mejor manera de pasar tardes frías que en compañía de un amante y una buena película, yo respondo que no ganará nunca una película contra una linda ópera.

Si digo Correggio, él chilla Matisse. Si Giorgione, él Ernst. Si Charles Le Brun, él Franz Marc. Si Ensor, entonces por fin coincidimos. Si le reto a dibujar, él se finge enfermo. Si yo digo Porpora, él bufa Bix Beiderbecke. Si Hasse, él Duke Ellington. Si Caldara, él Johnny Hodges. Si avanzo en el tiempo y digo Zeppelin, se acaba la disputa. Si le retara a composición, ninguno ganaría. Si le retara a apreciación, ambos terminaríamos asqueados.

Va por ahí pavoneando su extraña presencia adornada de los nombres de la vanidad más cara escritos en etiquetas –nombres que se convierten en el suyo porque él no tiene uno–, creyéndose Donatella Versace o qué sé yo quién o qué. Taconea fuertemente cuando pide respeto y ataca con garras cuando le contradices. Como Warhol, basta con ser en lo que se ha convertido, un hibrido humanoide, para merecer todo.

Sí, ese es mi alter ego: un sin nombre, sin sentido, sin esencia.

Carta para Avelina Lésper

A usted, que ha sabido hacer escuchar su voz, me dirijo con especial dedicación. Enemigos no le faltan, amigos tampoco. Pero verá, como es mi caso ha de haber más, que uno de mis profesores del seminario de la facultad se ha quejado de su persona. Brillante hombre aquél, tan peculiar por su manera de hablar como por su manera de ser, y me refiero a su cuerpo físico. ¿Cómo no llamaría la atención un hombrecillo como ese? Pero por la manera que ha hablado de usted, hasta la impresión me ha dado de que la conoce en persona. «Avelina Lésper, ese personaje terrible y despreciable que espero que ustedes no conozcan jamás», dijo en medio de una clase. Curiosamente creo que nadie excepto yo misma la conozco, así que el comentario no entró siquiera en oídos de mis compañeros. Pero yo ahora le reclamo: ¡Qué monstruo tan horrible debe ser como para que este profesor, autonombrado artista, le hable así! Usted debe ser una persona despreciable verdaderamente, porque este hombrecito que pinta pero no sabe dibujar le llama de esa manera. ¿Cómo se atreve a respirar el mismo aire de personas que, como mi profesor, pasan por el mundo alardeando de habilidades que no poseen pero que los que los rodean son lo suficientemente ignorantes como para no percatarse de sus mentiras? ¿Qué hará después?, echarle en cara que miente cuando dice que sabe alemán pero no sabe escribir Athenäum apropiadamente, y hasta le pone diéresis a la “e”, creyendo que nadie en el salón sabe alemán como para corregirlo cuando pronuncia incorrectamente Tannhäuser, ¿eso también se lo destruirá!  O acaso le restregará que no sabe diferenciar entre “ponzoña” y “zampoña”. O que se regocija en Schönberg pero que no reconoce a Vivaldi cuando lo oye, ¿eso también es pecado? Si él mismo ha admitido en frente de todos «no sé dibujar, y eso que soy pintor» mientras nos lo demuestra con plumón en mano sobre el pizarrón, ¿tiene usted derecho a darle mal sabor de boca al pronunciar su nombre? Él, que honradamente ha vendido sus obras en galerías. Él, que pinta lo que nace de lo más profundo de su ser, que es abstracto porque nadie puede decir qué forma tiene una voluntad, mucho menos una tan exigua. ¿Con qué derecho le arruina la consciencia a este hombre? ¿Cómo duerme usted por la noche? Qué le importa a usted que este hombrecito no diferencie entre la porquería y lo bello, ¿su intento es mejor? Porque quién puede decir qué es bello. ¿Winckelmann? No me haga reír con sus pensamientos retrogradas.

¿Qué más quiere usted de él? ¿Sus manos para que no pueda volver a pintar o su boca para que no pueda volver a mentir? ¿No le basta con haberlo destruido internamente? Desalmada mujer.

¡Qué el Colgio de Historia de la UNAM se entere completamente que usted es un monstruo terrible que destruye el corazón de los autonombrados artistas! Avelina Lésper, la más terrible.